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jueves, 22 de octubre de 2020

Hipomimia e hipermimia


Hace ya unos cuantos años, un tal Fernando Bercebal, escribió en el libro Drama, un estadio intermedio entre juego y teatro, la necesidad de entrenar, dentro del ámbito de los lenguajes expresivos, la 'no-expresión'.

El concepto, acuñado ya hace más de dos décadas, perseguía la necesidad de ser conscientes de aquellos elementos que hacen que nuestro cerebro sea capaz de desarrollar capacidades expresivas sin necesidad de su prefijo 'ex', es decir, sin externalizarlas.

Se podría considerar un oxímoron hablar de la no-expresión. Porque si es expresión ha de lanzar mensajes hacia fuera, con lo cual no puede ser interno ni personal.


Pues sí. Se puede entrenar la no-expresión como la imaginación, la fantasía, los sueños, porque son necesarios para alimentar de imágenes, ideas, locuras, el resto de EXpresiones, aquellas que sí muestran lo que se quiere comunicar.

La no-expresión se comunica con nosotros mismos para hacernos crecer.

Es puro entrenamiento.


Sin embargo, este concepto nos hace reflexionar sobre otro con el que se puede confundir aunque no es exactamente lo mismo, como es la Hipomimia o la incapacidad de expresar externamente lo que queremos comunicar.

Pongo el enlace de un artículo interesante sobre este rasgo propio, entre otras cosas, de la enfermedad de Parkinson.

Aquí no estamos intentando entrenar la capacidad expresiva interna, para mejorar la externa. Esto es la incapacidad de controlar la expresión para comunicar las sensaciones y sentimientos internos.

¡Qué complicado es hacerse entender, cuando no se sabe si uno es capaz de comunicarlo al exterior!


Así, sin necesidad de irnos al extremo de la Hipomimia, nos encontramos ante escenarios como la incomprensión, la incapacidad de hacernos entender, la confusión entre interlocutores.

Lo que creemos estar expresando, muchas veces, no es lo que realmente estamos comunicando, y llegan mensajes que nada o muy poco tienen que ver con nuestro objetivo.


Todo esto, como suele ser habitual en este vuestro blog, es una especie de preámbulo, ante la necesidad de la consciencia de la expresión descontrolada.

Es decir, después de hablar de la necesidad de entrenar la capacidad de desarrollar la imaginación, la fantasía, la no-expresión, para mejorar y ser más precisos en la expresión ante otros, quiero llamar la atención sobre algo que parece estar en la antípoda, y es la capacidad que tenemos de comunicar, sin darnos cuenta de que lo estamos haciendo.


Si entrenamos nuestra capacidad de comunicación interna para mejorar la externa, deberíamos entrenar también la capacidad de controlar los mensajes que transmitimos sin control y de los que aparentemente no somos conscientes.

Ese gesto facial que hace que la persona que está enfrente nos diga... '¿Qué estás pensando?'

Esa postura corporal que indica que estamos a la defensiva.

Ese pensamiento negativo que hace sentir a nuestro interlocutor que hay algo que no funciona en su discurso.

Ese gesto de distracción con el boli o el móvil que provoca el malestar porque parece que no nos interesa lo que la otra persona está intentando transmitir.


Sí, si la Hipomimia, o la imposibilidad de exteriorizar nuestra expresión comunicativa es un problema, la Hipermimia, es como una caballo salvaje al que hay que domar si queremos montarlo, o con el que debemos convivir a sabiendas de las consecuencias.


Expresamos mucho más de lo que creemos expresar.

Y eso, a veces no es tan bueno, aunque podamos pensar que más vale que 'zozobre' que 'zo farte'. 

En este caso, el exceso de capacidad de comunicarnos, provoca interferencias en el propio acto discursivo que no hace sino influir negativamente en nuestras relaciones personales y profesionales.


No voy a desarrollar ahora ningún ejercicio que nos ayude a controlar esta inconsciente verborrea expresiva. Es más complejo de lo que parece, y para eso ya estamos trabajando en el Seminario de Entrenamiento Creativo y Expresivo.

Eso sí, diré que un jueguercicio que suelo plantear en mis sesiones de formación en comunicación o en trabajos de expresión, hace conscientes a los participantes de la imposibilidad de comunicar 'nada'.

Por muy hieráticos e impasibles que parezcamos, al final, estamos transmitiendo sensaciones, sentimientos, gestos y vivencias por el simple hecho de estar.


Si somos conscientes de ello, de que nuestra Hipomimia y nuestra Hipermimia son entrenables, controlables y mejorables, estaremos un paso por delante a la hora de lograr una buena comunicación.


Si a todo esto le añadimos un poco de pensamiento creativo y logramos que nuestra comunicación sea maleable, distinta, divergente... llegaremos a ser lo que el ser humano está obligado a ser salvo que se convierta en un eremita: un ser comunicativo y social.


¡Gracias por seguir leyendo y, por supuesto, no solo se admiten, sino que se agradecen comentarios!

Yo estoy aquí porque vosotros estáis aquí..., y viceversa.


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jueves, 15 de octubre de 2020

Narrativo versus dramático o lo inesperado.



¿Qué creéis que podría ser esta imagen?

¿Qué creéis que debería ser?

¿Qué creéis que es?


No voy a ser yo quien se arrogue la auténtica definición de la diferencia entre lo narrativo y lo dramático.

Y a fuer de ser algo atrevido, comenzaré con afirmaciones discutibles, pero de las que estoy convencido.


En un texto, situación o proposición narrativa, se cuenta lo que sucede, sucedió o va a suceder. Lo que hay. Cómo es y cómo se aprecia, se ve o se siente.

En un texto, situación o proposición dramática, se realiza lo que sucede, con lo cual puede que sucediera algo, que vaya a suceder otro algo o que realmente lo que finalmente suceda no es lo que el espectador había esperado que sucediera.

Como en su día proponíamos desde el Teatro de Creación, si queremos que el público se interese por lo que sucede, no podemos ser narrativos.

No podemos contarles lo que pasa. En todo caso hacerlo. Pero si lo que espera el público que suceda, lo que debería suceder y lo que sucede finalmente es lo mismo, el aburrimiento o el desinterés está servido.

Si lo que podría ser la foto de cabecera, es lo que debería ser y es lo que finalmente es, no sería INESPERADO ni dramático.

 

En alguno o en todos estos aspectos debemos intentar separarnos de lo esperado.

Si lo que parece que va a suceder, es distinto a lo que debiera suceder y distinto a lo que finalmente sucede, si surge lo menos obvio, entonces la atención y el interés del público, cuando menos, quedará sorprendido por lo INESPERADO.

No en vano, cuando en una novela surge algo que desvía la narrativa hacia caminos que no estaban planteados o que hacen aparecer nuevas propuestas, o devenires, solemos utilizar la expresión 'giro dramático', porque no resulta continuista... narrativo.


Y sin embargo, al final, la mejor definición que conozco del teatro es 'contar historias'. Aparentemente esto parecería ir en contra de este afán de lo dramático. 

No tanto.

La idea es que, para contar historias, si van a ser las que el público espera o no deja de ser lo que debería suceder, no necesitamos la dramaturgia, ni artilugios, ni engorros. Basta narrar. Si queremos ser sorprendentes, debemos intentar mostrar lo INESPERADO, contando la historia.


Todo este galimatías no pretendía ser más que una introducción para una propuesta muy sencilla.

Si queremos ser creativos, si queremos aplicar la creatividad a nuestras propuestas de todo tipo, hay que intentar transitar por lo INESPERADO.


Lo inesperado no siempre es lo alocado, ni lo raro, ni lo nunca visto.

Lo inesperado consiste en hacer algo que no se espera. Y ahora diréis que esto es una tautología retórica (perogrullada en mi pueblo...)

Y lo es, pero no es tan fácil tenerlo presente cuando se hace.


Si uno lleva toda la vida viendo como el suelo se limpia de rodillas, intentará mejorar el líquido para limpiar, el trapo, cepillo o aparato para hacerlo, pero solo a una mente creativa se le ocurre añadirle un palo a ese instrumento para poder limpiar sin estar de rodillas.

La narrativa consistía en intentar limpiar mejor. El giro dramático fue buscar una solución para limpiar más cómodamente.


Las ollas de cocción fueron, durante siglos, de barro. Con las mejoras técnicas se fueron añadiendo nuevas materias primas como el hierro, el acero, el teflón... siempre pensando en utilizar un instrumento que cociera mejor y más eficientemente.

Por otro lado, la forma de picar o amasar partió de la piedra y el hueso, y fue pasando por cuchillos, mazas, almireces, hasta motorizar aspas para picar y mejorar poco a poco las batidoras y amasadoras. Siempre buscando la mayor eficiencia y precisión en el picado, triturado y amasado.

Solo a una mente creativa se le ocurrió aprovechar ambas capacidades, de cocer y triturar, y produjo un invento del siglo: La Thermomix (o cualquier otro instrumento parecido).

La narrativa consistía en mejorar la cocción o el triturado por separado. El giro dramático fue buscar la eficiencia mezclando ambas funciones.


La creatividad no es narrativa. Es dramática, no porque genere un drama, una tragedia. Es dramática porque juega con lo inesperado.


A veces, lo inesperado es complicado, único, sorprendente.

A veces, lo inesperado consiste simplemente en añadirle un palo a un caramelo para inventar el Chupa-Chups.


Para ello, debemos dejar la mente muy abierta.

Si pensamos siempre de la misma manera, acabaremos en los mismos lugares comunes.


Por eso, uno de los mantras que más me gustan de las personas es cuando alguien se define como una persona que no se cansa de sorprenderse.

Incluso con cada amanecer.


Quizás esta entrada os resulte algo inhabitual, pero dejaros sorprender diariamente y encontraréis lo INESPERADO.


Y ahora, os muestro la imagen en su conjunto... espero que hayáis sido creativos a la hora de pensar qué podía ser o lo que os hacía sentir.

Pero y además, espero y confío en que la solución haya sido, al menos, inesperada.

Y no era complicado. Estaba tan claro como el agua.

¡Gracias por seguir leyendo y, por supuesto, no solo se admiten, sino que se agradecen comentarios!

Yo estoy aquí porque vosotros estáis aquí..., y viceversa.


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jueves, 8 de octubre de 2020

Teatro de Creación para jóvenes

Creo que va siendo hora de hacer una pequeña incursión en el Teatro de Creación para jóvenes.

Desde hace años, quería dejar plasmada una forma de trabajar teatro con jóvenes, en ámbitos educativos o de aficionados o preprofesionales del escenario.

Una forma de trabajar teatro no necesariamente desde el texto, o sí.

Una forma con dirección horizontal, y no piramidal.

Aprovechando la capacidad creativa de todos, desde el responsable último hasta el último responsable.

Centrándonos en el proceso, sin desdeñar el producto, pero no hipotecando todo a la calidad 'profesional' del resultado.

Utilizando el teatro no solo como fin, sino como medio.

Para aprender a ser uno mismo, uno con los demás y uno, con otros, para los demás.

Dando cabida a los intereses de los propios jóvenes.

No utilizando 'su' lenguaje, sino utilizando cada cual el suyo personal e intransferible. 

Sin marcar líneas para no salirse al pintar, sino dando alas para tirarse por las ventanas sujetos a un arnés con el que controlar los peligros y las dudas.

Sin miedo al error, porque hay opción de dar marcha atrás, cambiar de recorrido o aprender con lo que no queremos repetir.


Sí, hace ya mucho tiempo que esta forma de trabajar la vengo aplicando al trabajo con empresas, al trabajo con educadores, al trabajo de proyectos artísticos y sociales.

Y me apetecía aterrizar en los jóvenes. 

Los que son objeto de nuestra educación y a su vez son los transformadores del futuro.


Pues bien. Casi por azar ha llegado el momento y la oportunidad, y en la extraordinaria colección de Adolescer, 13 autores, 13 géneros, 13 textos... Tengo el honor de ser el número 13.

Hay doce textos maravillosos de autores contemporáneos como Gracias Morales, Llüisa Cunillé, Paco Zarzoso, José Sanchis... así hasta 13.

Y luego hay una propuesta que no es un texto, pero si es un cúmulo de propuestas dramatúrgicas.

No hay personajes, pero se necesitan intérpretes.

No tiene acotaciones, ni notas al pie, pero se proponen espacios, acciones, intervenciones artísticas y técnicas.

No tiene una propuesta escénica, sino que está abierta a todas las posibles.

Hay un fulcro, en vez de un director.

Hay un equipo, en lugar de un grupo.

Hay un proceso que es tan importante o más que el resultado.

Realmente, lo que propongo con este libro es sistematizar un proceso creativo para dar vida a un espectáculo escénico o a una multiplicidad de ellos, que realmente interese a un joven e interese a un posible público.

Porque al final, como dice mi maestro y hermano Chris Baldwin, ‘Teatro es contar historias’.

Y para contar historias he propuesto un sistema, un proceso de trabajo, una metodología, que no es pura teoría, sino que es la forma en la que llevo trabajando en escena más de 25 años, y mucha más gente antes, después y más que yo: Teatro de Creación.


Sí, por fin voy a empezar a escribir sobre Teatro de Creación para jóvenes.

Es consecuencia de mi tesis, pero no es gran parte de ella ni solo esa parte.

Es una propuesta inicial pero no será ni la única ni la última.

Eso sí. Es un marco envidiable, rodeado de textos escritos para jóvenes compañías por grandes dramaturgos y dramaturgas del panorama contemporáneo español. 


El número 13 es Teatro de Creación. Y para desarrollarlo se puede utilizar cualquiera de los otros 12 textos, o ninguno de ellos.


¿Te animas a explorarlo?

Le queda muy poquito para tenerlo entre las manos.

Las mías, y las de todo aquél que esté interesado.


Sólo añado que os recuerdo que la semana que viene comenzaré a trabajar el Seminario de entrenamiento creativo y expresivo con los que os estáis animando a apuntaros en momento@momentodc.es



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